jueves, 21 de febrero de 2008

Equipaje personal.

I
Estoy rumbo a una reunión. Estoy yendo a la cuarta reunión de lo que dentro de dos semanas será mi nuevo trabajo. No puedo llegar tarde, no voy a llegar tarde, me queda a cuatro cuadras de casa, es imposible que llegue tarde. Igual hago todo lo posible para llegar tarde, me bañé a último momento, me vestí a las apuradas y la frutilla del postre: armé un bolso descomunal, como para ir equipada. Cada vez que empiezo algo nuevo que me genera expectativa o implica un desafío me vuelvo el hombre de la bolsa.
II
La primera vez que pisé un aula como docente tenía 22 años, ellos 15 y eran unos monstruos. Me transpiraba todo lo imaginable y lugares recónditos que descubrí que uno era capaz de transpirar. Sufrí horrores esa suplencia, para colmo, después aprendí que es lo último que hay que hacer, de entrada se me dio por dar copada como para romper con el mito de la autoridad y toda esa pavada, grave error, me tomaron el tiempo y no podía contenerlos ni mantenerlos callados ni un segundo. Recuerdo ir lo más cargada que alguna vez estuve en mi vida, llevaba en mi mochila todo lo que tenía para incentivarlos, para seducirlos y sobre todo para convencerme de que si yo era dueña de todo ese material y lo había leído varias veces, entonces no podía hacer las cosas tan mal ni ser tan idiota. El asunto se había vuelto irremable y no podía pasar el trimestre y medio que me quedaba gritando como una desahuciada. Las cosas cambiaron cuando el profesor me avisó que se tomaba licencia hasta fin de año. Fue ahí que descubrí el poder del silencio. Hablar no siempre implica decir. Y gritar como una loca para que te presten atención no garantiza más que una carraspera. Fue en esos días dónde más interés mostraron y fue por ahí casualmente también donde más liviana de textos fui a dar clases.
III
Cuando era chiquita y nos íbamos de vacaciones, yo casi que me mudaba. Armaba un bolso enorme lleno de porquerías, los libritos de cabecera, esos que repetía hasta el cansancio a mis padres y a todo aquel inocente que se me acercara con ánimo de charla, las cartas, más de dos mazos por si perdía alguna o quería prestar, las barbies, tenía dos, aún hoy las tengo, una original, marca barbie y otra trucha que como me daba lástima dejarla en casa sola me la llevaba también, una cantidad inútil de juguetes, las bolsitas del tinenti que las había cosido a mano, harta ya de golpearme a mi misma con las piedras, lápices, marcadores, el libro para pintar, hojas canson blancas y de colores por si quería dibujar o armar algún collage, materiales para hacer grullas y un libro de actividades en papel que me había regalado una compañera en la primaria, que cuando lo abrí y vió mi cara de desilusión me dijo: “mi mamá dice que a vos estas cosas te re gustan”. Después lo miré con cariño y debo reconocer que hice la mayoría de las actividades. Estoy pensando si me olvido de algo en la lista, la perinola el yo-yo, el muñequito para calmar los nervios, el pony unicornio que da suerte, los tazos, los muñequitos del kinder, pero estos no eran fijas, las posta-posta están en la lista que mencioné antes. Todo eso me armaba para la batalla: por si me aburría, por si llovía, por si los grandes estaban tan en sus cosas que ni me registraban y sobre todo por si los demás chicos no querían jugar conmigo.

1 comentario:

Guillermina dijo...

Tal cual como vos decís. Es muy parecida mi historia a la mía en el aula, y en las vacaciones. Para todo armo una flor de mudanza. Lo que pasa es que somos perfeccionistas y queremos abarcar todo. ¿Acaso sos de Libra?
Un abrazo.