martes, 16 de junio de 2015

Medio día.




   De todos los recuerdos posibles en su memoria, cuando le preguntan cuándo empezó su pasión por la pintura, elige dos que lo remontan a su infancia. Las horas que se pasó mirando con fascinación aquel manual de primero inferior que tenía en su cubierta la imagen repetida a cuadros hasta llegar a la original, el dibujo de un niño leyendo en un cuaderno. Se fascinaba pensando en ésa y en distintas imágenes propagándose al infinito. El segundo recuerdo es de buscar forma y color en las manchas que se hacían y deshacían en el mármol de la cocina, el baño y el piso del comedor de su casa. Manchas que lo envolvían y lo llevaban a colores y formas nuevas, desconocidas.

   Después vendrán los datos obligados, que perteneció culturalmente a la generación del 60, aquella que lo convulsionó todo. Que se exilió en Estados Unidos, un poco antes de que empezara la última dictadura militar, que pintó el horror en tiempos dónde no se hablaba de desaparecidos. Que volvió con la democracia y que no pintó durante casi una década y que su obra, -además de ser considerada, por ser él uno de los pintores argentinos más importantes del siglo XX-, está vigente porque sigue pintando con la misma dedicación y empeño.  Tanto es así, que el verano pasado, en la fundación Fortabat se presentó una retrospectiva de sus trabajos entre 2000 y 2014.  Veintisiete obras suyas poblaron los tres pisos del edificio.

   Luis Felipe Noé, Yuyo, como le gusta que lo llamen, tiene 83 años, la mirada un tanto esquiva, huraña. Dice que está un poco harto de hablar de él, pero después dice que está bien, que va a hacer un repaso por su vida y su obra, pero antes quiere saber quiénes son esa veintena de personas que vinieron a verlo este medio día, en la sala Miguel Cané del Ministerio de Cultura de la Nación. Así que se levanta de la silla, camina ladeándose, ayudándose con el bastón, pasa por al lado de cada uno de los presentes, les da la mano y les dice: mucho gusto, Yuyo Noé.

domingo, 31 de mayo de 2015

Listas de domingo.

   Soy una persona ansiosa, muy. Y es sabido que el tiempo,- para gente como una- por la cantidad de cosas que pretendemos hacer con él, jamás alcanza. Por eso los domingos hago listas de todo lo que quisiera hacer o terminar. Como si el domingo fuera la antesala de una semana menos tumultuosa si sabemos aprovecharlo.
   Ahora, por ejemplo, tengo dos tiras de papel angosto al borde del escitorio. En la primera anoté: anteproyecto tesina, texto taller, devolución Dolo, edición make up, sumario. Y como si esto fuera poco, una segunda tira que dice: servilletas, papel higiénico, leches, fernet, gaseosas, bananas, queso crema light, enjuague de ropa, tapas de tarta, fósforos, huevos.
    Son las cuatro de la tarde y no taché aún ningún item de las listas. La derrota empieza a colarse por la ventana. Ya siento como el sol no es tan nítido y empieza a caer, sin pausa hasta llegar al ras de mi balcón. Hay una tarde en baja y una semana que se avecina, intensa y feroz. O puede que no, puede que mire al balcón y me dé cuenta que en realidad, si abro de par en par las cortinas, la tarde está ahí, impoluta y azul. Y que el tiempo transcurre a la velocidad de lo que hagamos.
Elijo la lista del súper y me sumerjo en la tarde. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Alejandro.



   Es la primera vez que no me tomo vacaciones en enero. Siempre me voy a algún lado, unos días, un fin de semana, algo. Pero este año no.  Así que seguí con la rutina como si enero no fuera enero. Fui a trabajar y me organicé salidas al cine, meriendas y cenas con amigos. Mi propio plan de vacaciones en la ciudad.



   En esos días  también aproveché para ver a Alejandro, el hijo de mis ex jefes. Lo conozco desde que tiene cuatro años. Ahora es un pre-adolescente que tiene casi mi estatura.

   Mi hermana lo pasó buscar por su casa y los alcancé en Corrientes y Alem, cerca del Luna Park. Íbamos al “Museo del humor” que está ahí nomás en Puerto Madero. Caminamos cuadras larguísimas. El Museo está sobre la avenida de los Italianos, bien al fondo. Para cuando llegamos estaba casi por cerrar. No tenía ningún sentido entrar, así que emprendimos la retirada.

   Buscábamos una heladería por Puerto Madero y en el camino dimos con un edificio tremendo, el museo, “Colección de Arte, Amalia Lacroze de Fortabat”. Ale quiso entrar, quizás porque pensó que habría algún quiosco. Lo cierto es que apenas pusimos un pie, el aire acondicionado nos convenció de quedarnos.

   El edificio es imponente. Son cinco pisos de arte, argentino e internacional presentado con criterio  antojadizo. La colección bien podría llamarse, “todo lo que la familia Lacroze acumuló y ahora exhibe”. Hay retratos de la familia hechos por Berni y Andy Warhol. Al lado de instalaciones y collages de la nieta de Amalia Lacroze y otros jóvenes artistas plásticos. Ale no parecía muy entusiasmado,  pero cada tanto, cuando dábamos con algún collage o cuadro multicolor abstracto, decía, “este me gusta”.

   Cuando llegamos a la difunta correa de Berni, se quedó un rato mirándola, impresionado. Le conté la historia de la mujer y su hijito. Estaba sorprendido por el bebé que llevaba en sus brazos. Me preguntó si era de verdad. Supongo que pensó que estaba embalsamado o algo por el estilo. Le dije que era un muñeco, que Berni trabajaba con residuos y materiales de distintas texturas que se podían encontrar en la calle o en la basura. Le hablé de “Juanito Laguna”, me dijo que lo conocía, que en el cole habían hecho una muestra en el taller de arte y le habían contado quien era. Después le mostré obras de Soldi, Pettoruti y Xul Solar. Ninguna pareció interesarle demasiado. Antes de irnos compramos unas postales para que pegara en su cuarto.



   Fuimos por Córdoba hasta llegar a, “Galerías Pacífico”. Tomamos un helado y miramos  objetos de decoración en Morph. Varias veces intentó sutilmente convencerme de comprarle alguna cosa al grito de, “mirá esto, qué bueno”. No compramos nada. Caminamos hasta la parada del colectivo. Me preguntó que íbamos a cenar, “patitas de pollo con puré”, le dije.



   Cuando llegamos a casa, reconoció algunos de sus dibujos en la heladera, un regalo de cumpleaños que me había hecho y una foto de él, de más chico,  bastante escondida en la biblioteca.


   Cenamos. Armó su bolsa de dormir en el piso y me pidió que no apagara la luz, que la dejara prendida un rato. Conversamos en voz baja, él en el piso, yo en la cama. Le pregunté por sus amigos, la escuela y las vacaciones. En algún momento de la charla, dejó de contestarme. 
   Apagué la luz y me tapé con la sábana hasta el otro día.

miércoles, 16 de julio de 2014


   “Seguir viviendosin tu amor”, es la canción que más veces escuché en mi vida. La grabé de la radio en un cassette durante mi adolescencia. Fue parte de un compilado de rock nacional en un cd años más tarde. Y ahora forma parte de una carpeta del mp4 que se llama, “verano 2013” y que incluye temas que sonaron ése y otros veranos. No siempre fue la misma versión.  La original primero, de Luis Alberto Spinetta, hasta que me estremeció la voz de Pedro Aznar en un acústico en vivo, y desde hace unos meses escucho la impronta más power que le dio, “Catupecu Machu”. Pero el efecto sigue siendo el mismo. Cada vez que suena, canto alguna estrofa, un verso o el estribillo. No me puedo contener. En un subte lleno de gente, en el laburo, sola en mi casa. No siempre es la misma frase. Desde hace unos días, por ejemplo, vengo cantando a viva voz rumbo al trabajo: “y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer/ no queda más que viento/ no queda más que viento”. Y aunque no estoy particularmente contenta ni especialmente triste, cada vez que oigo esos versos, detenidamente, me es inevitable pensar que la ausencia del otro debe ser eso, viento. Viento que sopla sólo para recordarnos que alguna vez lo tuvimos todo.
 

jueves, 1 de mayo de 2014

Hoy.

   Ahora es jueves al medio día. La luz entra potente por el balcón, atraviesa las cortinas y llega serena y brillante a mi escritorio. Ahora, también escribo. No son piezas terminadas, son posibles fragmentos de un texto más grande. Respiro aliviada de saber que la marea me va indicar el puerto. Así que, bienvenidas las olas intempestivas. Que ahora es medio día y la luz del sol lo alumbra todo. 

domingo, 20 de abril de 2014

Volver.

Ayer, en un intento desesperado por nockear al pasado, borré, -sin querer queriendo-, todas las fotos que ilustraban este blog. Voy a ir reponiéndolas de a poco, con otras nuevas y mejores.

Mientras tanto, voy a leer el sub-título de todo esto, que dice, fuerte y claro : " En vez de quejarte, escribí".

Y en eso estamos.