miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sozinho.




Às vezes, no silêncio da noite
Eu fico imaginando nós dois
Eu fico ali sonhando acordado, juntando
O antes, o agora e o depois
Por que você me deixa tão solto?
Por que você não cola em mim?
Tô me sentindo muito sozinho!



Quando a gente gosta
É claro que a gente cuida
Fala que me ama
Só que é da boca pra fora
Ou você me engana
Ou não está madura
Onde está você agora?






viernes, 16 de septiembre de 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

Yo confieso que...

... todavía te extraño.


Todo empezó con un ejercicio del taller, llevar un diario. Conté los días exactos durante los que debía escribir y la fecha tope era el viernes 16. El número me sonaba y no sabía por qué. Dos minutos después, entendí todo, el 16 de septiembre es tu cumpleaños.
Había borrado por completo la fecha.
Y ahora estoy como en una especie de cuenta regresiva que me angustia, tanto o más que tu silencio en su momento.

Te compré un libro de Chandler. Hasta pensé una esmerada dedicatoria que escribí en imprenta, para que no reconocieras mi cursiva. Pero era obvio que ibas a saber que era yo.
¿Por qué será que nos quedamos ligados emocionalmente a algunas personas?
No lo sé, ojalá pueda terminar de resolverlo en breve.

Me pareció y me parece violento mandártelo, qué derecho tengo yo a interpelar tu silencio.
El libro es buenísimo, ya lo estuve hojeando.

Hoy es domingo y arriba de mi escritorio tengo: el grabador, un taco de hojas, algunos marcadores desparramados y tu libro.

Todavía falta una semana para decidir si te lo mando o no.

Escribo estas líneas porque la nostalgia me rebalsa y porque me parece que, a lo mejor, si la pongo en palabras va a dejar de rondarme como un fantasma.
Ojalá.



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viernes, 9 de septiembre de 2011

Raro.

¿Qué me traeré entre manos?

Hace cuatro días consecutivos que estoy contenta, sin razón aparente, y hace, los mismos, cuatro días que me estoy poniendo vestido.

Tanto entusiasmo me perturba.


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miércoles, 7 de septiembre de 2011

martes, 2 de agosto de 2011

Mis borcegos.

A veces, la moda me juega una mala pasada y hace que me trague mis propias palabras.
Los borcegos, -calzado, mezcla de zapato enorme, con bota, que remite a la vestimenta militar-, se empezaron a usar cuando yo tenía once años y eran para mí, en ese momento la cosa más horrible que había visto. Venían en color crema y en negro. De caña alta o mediana, me recordaban a los aparotosos y enormes zapatos ortopédicos que había tenido que usar durante toda la infancia. Hubiera preferido vivir en ojotas a comprarme un par. En su momento, creo, mi madre accedió a mi pedido de unas guillerminas celestes que combiné con todo lo que me puse: vestidos, polleras, pantalones y joggin. Me pasé inviernos enteros odiando a los borcegos y repudiando a toda persona que los usara.
Casi veinte años después una mañana de sábado, cuando volvía de una clase de spining, y quizás porque todavía estaba atontada por el efecto de la mezcla de endorfinas y los ecos de la música, sonando en mi cabeza, me topé con la vidriera y fue un flechazo. Me detuve al instante. Detrás del vidrio, algo empañado por el frío y la humedad, ellos me reclamaban.
Cuando entré al local, una habitación de un ph antiguo con ventana a la calle, repleto de zapatos y botas, me dije, sólo para convencerme, - voy a mirar.
Pero el hechizo ya había surtido efecto y no pude contenerme. Me los probé y calzaron como si llevaran años en mis pies. Me los traje puestos y coloqué mis zapatillas en la caja, como para no volver con las manos vacías.
Y así andábamos, inseparables. Mis borcegos color suela y mis polleras. Mis borcegos color suela y mis pantalones. Mis borcegos color suela y mis vestidos. Y la lista sigue, porque incluso he sacado a mi perro, con el piyama puesto, una campera y los borcegos.

Pero como ocurre incluso, con las historias felices, nada resulta eterno. Esta mañana, a uno de ellos se le despegó la base de la suela. Nada grave, pero cuando examiné en detalle me di cuenta que el otro también iba por el mismo camino. Resignada a mi suerte fui a mi zapatero de confianza, y como quien le encarga un ser querido al médico, se los dejé. Me dijo que está con mucho trabajo, que va tratar de hacer una excepción, pero que como mínimo tengo que esperar hasta mediados de la semana que viene.


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