martes, 2 de agosto de 2011

Mis borcegos.

A veces, la moda me juega una mala pasada y hace que me trague mis propias palabras.
Los borcegos, -calzado, mezcla de zapato enorme, con bota, que remite a la vestimenta militar-, se empezaron a usar cuando yo tenía once años y eran para mí, en ese momento la cosa más horrible que había visto. Venían en color crema y en negro. De caña alta o mediana, me recordaban a los aparotosos y enormes zapatos ortopédicos que había tenido que usar durante toda la infancia. Hubiera preferido vivir en ojotas a comprarme un par. En su momento, creo, mi madre accedió a mi pedido de unas guillerminas celestes que combiné con todo lo que me puse: vestidos, polleras, pantalones y joggin. Me pasé inviernos enteros odiando a los borcegos y repudiando a toda persona que los usara.
Casi veinte años después una mañana de sábado, cuando volvía de una clase de spining, y quizás porque todavía estaba atontada por el efecto de la mezcla de endorfinas y los ecos de la música, sonando en mi cabeza, me topé con la vidriera y fue un flechazo. Me detuve al instante. Detrás del vidrio, algo empañado por el frío y la humedad, ellos me reclamaban.
Cuando entré al local, una habitación de un ph antiguo con ventana a la calle, repleto de zapatos y botas, me dije, sólo para convencerme, - voy a mirar.
Pero el hechizo ya había surtido efecto y no pude contenerme. Me los probé y calzaron como si llevaran años en mis pies. Me los traje puestos y coloqué mis zapatillas en la caja, como para no volver con las manos vacías.
Y así andábamos, inseparables. Mis borcegos color suela y mis polleras. Mis borcegos color suela y mis pantalones. Mis borcegos color suela y mis vestidos. Y la lista sigue, porque incluso he sacado a mi perro, con el piyama puesto, una campera y los borcegos.

Pero como ocurre incluso, con las historias felices, nada resulta eterno. Esta mañana, a uno de ellos se le despegó la base de la suela. Nada grave, pero cuando examiné en detalle me di cuenta que el otro también iba por el mismo camino. Resignada a mi suerte fui a mi zapatero de confianza, y como quien le encarga un ser querido al médico, se los dejé. Me dijo que está con mucho trabajo, que va tratar de hacer una excepción, pero que como mínimo tengo que esperar hasta mediados de la semana que viene.


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jueves, 7 de julio de 2011

Una de chicos.


   En menos de tres semanas me esguincé dos veces el tobillo. Resignada por la mezcla de torpeza y mala suerte, hice -obedientemente-, reposo por cuatro días.
De todas las películas que tenía pendientes de ver, sin duda, "Plan B" ganó por lejos. La vi dos veces.

La trama es un poco naif, más acorde a las pinky-movies de Hollywood, pero cuando la historia empieza a rodar, poco importa el argumento.

Bruno es un chico al que lo dejó su novia y busca desesperadamente recuperarla. Como ella se niega a volver con él, porque está nuevamente en pareja, a Bruno se le ocurre "El plan B". Enamorar al novio. De ahí en adelante asistimos a la bellísima historia entre Bruno y Pablo. Se conocen a instancias de los artilugios maquiavélicos de Bruno, pero a lo largo del film se conectan, se histeriquean y se seducen hasta enamorarse.
Lo más destacado de la película es la fotografía y la exquisita selección de las escenas. Con climas íntimos para retratar esta historia plagada de erotismo y diálogos casi improvisados que evocan a la infancia de los personajes. Así, los protagonistas, en principio amigos, sin darse cuenta empiezan a compartir demasiado tiempo juntos.
Con un presupesto mínimo, "Plan B" fue filmada en diez días con una cámara HD. Esta película se suma a la promisoria carrera del joven director Marco Berger que tiene los cortos anteriores: "Una última voluntad", "El reloj" y la intervención en el largo "5", película basada en los cuentos de la antología, "En celo", que sacó la editorial Mondadori en 2007.
Su última película, "Ausente" -todavía no estrenada comercialmente en nuestro país- ganó el "Teddy Bear" en el último festival de cine de Berlín.

Marco Berger da indicios claros y firmes de convertirse en una de las figuras del inagotable -por suerte- "nuevo cine nacional". Habrá que esperar hasta agosto para ver su segundo film. Paciencia.


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viernes, 17 de junio de 2011

Otro año sin vos.


   Verano de 2005. Tenía el teléfono directo de "La Metro", la radio donde Fernando Peña, hacía su mítico programa de radio, "El parquímetro". Era el día de su cumpleaños, 31 de enero. Sobre la hora del final de programa y después de pensarlo mucho, llamé. Me atendió Scott, el productor general. Pedí hablar con vos, así, directamente: "Me pasás con Fernando", le dije. Scott me preguntó, ¿Fer te conoce?, "Sí, sí", le dije. Me puso a la espera y unos segundos después escuché tu voz: "Hola". No supe qué decirte. Tantos años yéndote a ver al teatro, escuchando tu programa y admirando tu sensibilidad. No pude hablarte. No solté palabra. Corté apenas escuché el, "Hola". Todo lo que podría haberte dicho hubiera sonado cursi y trillado. Y vos no me lo hubieses perdonado. Hubrías esperado que fuera más inteligente y menos cobarde. Así que corté el teléfono y te deseé para mis adentros un, "Feliz cumpleaños".


Si ahora te cruzara, no te hablaría de lo mucho que te admiro y te quiero, sino que otra vez me llamaría a silencio para agradecerte. Y en mi caso, el silencio es toda una declaración. Pocos hombres me dejan sin palabras, Fer.


Así que eso,
gracias,

por Chavela,

por La Surca,
por Mempo,

por Bety,
por la mejor radio que haya escuchado,

por el teatro,
y por la lucidez y la magia que siempre te envolvió.



Te extraño, mucho.



Yo.

martes, 7 de junio de 2011

7 de junio.




Feliz día, donde quiera que estés.
Feliz día a todos y a todas,
eso.

miércoles, 1 de junio de 2011

La Barbie Cristal.

En la foto estoy con mis dos primos y mi madrina. La sacó mi tío. Tengo puesto un vestido turquesa con unas flores bordadas en la pechera. Soy pura sonrisa, a pesar de que me faltan varios dientes.

Fue antes de que naciera mi hermana. Mi mamá estaba muy pesada por el embarazo y mi madrina le ofreció llevarme unos días a la costa con ellos. Pasamos navidad y año nuevo en Mar del Plata.

La casa que habían alquilado mis tíos estaba muy cerca del mar. Íbamos caminando a la playa. Llevábamos un arsenal de cosas, mis juguetes, los de mis primos, la palita, el balde, el rastrillo, los moldes de figuras para hacer con arena y las piezas del tejo. Si el día estaba lindo, aprovechábamos la playa y volvíamos tarde. Cuando estaba nublado nos quedábamos en la casa y jugábamos a que nos perseguían “los malos”. Enemigos que nos inventábamos y de los que teníamos que huir todo el tiempo.

Faltaba poco para navidad. Mis primos habían hecho una lista enorme con todo lo que le querían pedir a Papá Noel. Yo fui más modesta. Pedí sólo una cosa, la “Barbie Cristal”. Recién había salido. Era rubia, de figura estilizada, con un vestido blanco tornasolado que reflejaba los colores cuando lo ponías al sol. Venía con el anillo, los aros y los zapatos de cristal. Tenía también un chal de la misma tela del vestido. Y en la propaganda de televisión se la podía ver, bailando con un Ken de smoking blanco y corbata púrpura. Pensé en pedirlo a él también, pero me pareció mucho.

Para la noche buena salimos a comer afuera. Mi madrina fue la última en salir de la casa. En el camino de ida me inquieté un poco. Me di cuenta de que Papá Noel tenía la dirección de mi casa y entonces no tendría forma de encontrarme y dejar mi regalo. Mi madrina me tranquilizó y me dijo que no me preocupara, que mi mamá le había escrito de parte mía diciéndole donde íbamos a estar.

En la cena apenas probé bocado. Había una copa que adentro tenía algo rosa. Mi madrina dijo que eran langostinos con salsa golf, que los probara. Lo único que comí fue el helado.

Cuando volvimos a la casa, fuimos corriendo hasta el árbol. Había varios paquetes. Mi madrina los repartió como si supiera. A uno de mis primos le habían regalado la “moto Bronco” y al otro los muñequitos de “Yia You”. Empecé a abrir mi regalo con desesperación, hasta que llegué a ver el color de la caja, rosa, con esas letras, en blanco sobre azul. Aunque no sabía leer, supe perfectamente de qué se trataba. La saqué con delicadeza de la caja y le acomodé el chal. Le olí la cabeza. Tenía olor a Barbie.

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